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         Look at the stars
Look how they shine for you
And everything you do
Yeah they were all yellow – Coldplay

 

Me fascinan las estrellas. Desde que tengo uso de razón.

Lejanas pero siempre presentes, esperan pacientes para iluminar con su brillo la mirada de todo aquel que se atreva a alzar la vista hacia ellas.

A lo largo de mi vida he pasado muchas noches contemplándolas desde el pequeño universo que recorren mis pasos al ponerse el sol. Pocas cosas me producen mayor sensación de paz que caminar sobre el asfalto recalentado bajo su atenta mirada en una noche de verano. Sin coches. Sin gente. Yo, solo con ellas y tarareando una buena canción de vuelta a casa. Es la mejor manera que tengo de ordenar mis pensamientos.

We all shine

De vez en cuando me gusta apartarme de la gran ciudad, llena de luces artificiales y distracciones, para contemplarlas en su danza nocturna. Me gusta imaginar que, aunque han sido millones los ojos que se han posado en ellas antes que yo, en ese mismo instante, ellas bailan al son de la música de mis auriculares.

Quizá lo que más atrae de ellas es el hecho de que cada una de ellas tiene una historia detrás, una historia que contar a cualquiera que esté dispuesto a escucharla. A mí, personalmente, siempre me ya gustado el mito de Casiopea. Quien sabe por qué. Quizá por lo fácil que es identificar esa W o M en el cielo nocturno. Quizá porque en el mito aparecen y mueren más personajes que en un capítulo de Juego de Tronos (además, la mitad de ellos son familia). Quizá porque fue el primer mito que escuché tendido sobre una esterilla en mitad de un campo de trigo que atravesamos al más puro estilo Gladiator. El hecho es que me gusta su historia.

Casiopea era conocida por su gran belleza. O al menos ella se jactaba de que su belleza era superior a la de las Nereidas, ninfas del Mar Mediterráneo e hijas de Poseidón, dios de los mares. Se ve que no tenía abuela.

El caso es que, como no podía ser de otra forma, las nereidas se enfadan -Menudas son ellas-, bajan al fondo del mar (¡¡¡BOB ESPONJA!!!!. Perdón, no sé que me pasa cada vez que leo fondo del mar ¡¡¡BOB ESPONJA!!!… Vale, ya me callo) y le cuentan a Poseidón que Casiopea va diciendo por ahí que ella es más guapa que sus hijas.  Y se lía parda. A Poseidón le entra la rabieta típica de los dioses y decide mandar a Cetus, el gran monstruo marino, para castigar tal ofensa.

Que escúchame Poiseidón. Entre tú y yo. Mandar a Cetus por esa chiquillada es pasarse tres pueblos. Yo entiendo que las nereidas te pusieron la cabeza loca y que algo tenías que hacer pero, ¿Cetus?. Posei macho, que Cetus no era precisamente un salmonete enfadado. Que Cetus era una especie de ballena gigante con cola de pez, cuerpo y garras de león, cabeza de águila (se entiende que muy grande también porque si no quedaría un monstruo bastante soso, tirando a ridículo) y lengua de serpiente. Que, ojo, así de primeras, no me parece muy diferente a lo que se puede encontrar en cualquier discoteca de Londres a partir de las 2 de la mañana. Eso sí, lo que no me imagino es que clase de antros había en la antigua Grecia para que Cetus pudiera encontrar con quien pasar una noche de desenfreno y tener como hijos al Cancerbero (el perro de tres cabezas que guarda la entrada al inframundo), a las gorgonas (Medusa entre ellas. Sí, esa que no usaba acondicionador y por eso le salieron serpientes en el pelo y petrificaba a todo aquel que la mirara a los ojos) y a hidra (ese bichejo espantoso con cuerpo de perro y nueve cabezas de serpiente). Todos dignos de ingresar en hermano mayor, vamos.

Lo dicho. Que se te fue la mano. Te pasaste tres pueblos y claro, una vez que mandas a Cetus, yo entiendo que te de cosilla llamarle al chiquillo de vuelta y decirle “lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a ocurrir”. Pasa en las mejores familias.

Vuelvo a la historia, que me lío yo solo. Ahora imaginémonos por un momento la situación. Casiopea y Cefeo, su marido, saben que Poseidón ha mandado a un mega monstruo marino a Etiopía (en aquel entonces Etiopía tendría mar, no me fastidieis la historia) para castigarles y destrozar su reino. ¿Qué hacen? Pues lo que haría cualquiera: Contactar con el oráculo de Amón, el Sandro Rey de la época.

¿Y qué os imagináis que les dice el oráculo? Pues que sacrifiquen a su hija. Ole, ole y ole. Plas plas plas aplausos mil. Que gran oráculo el de Amón. ¡Qué Amón con pintas!. Yo, sinceramente, creo que todas las visitas a los oráculos se hacían el día de los Santos Inocentes, si no, no se entiende. Total, que como se lo ha dicho el oráculo y lo que dice un oráculo, por muy hasta las cejas de crack que esté, hay que cumplirlo; pues Casiopea y Cefeo deciden sacrificar a Andrómeda y ofrecérsela como alimento a Cetus.

Yo me imagino que tuvo que pasar algo como esto: ambos se reúnen una noche con Andrómeda y le dicen que lo sienten, que este verano no pueden ir a Disneylandia pero que, a cambio, le regalan un par de joyas y unas bonitas cadenas.

Lo que ya no sé es por qué no empezó a sospechar antes. Entiendo que lo de las cadenas no dé ninguna pista a Andrómeda así de primeras pero, lo de que te obliguen a quitarte la ropa, ponerte las joyas y encaminarte al mar desnuda… call me crazy, pero, si no le olió algo a chamusquina en ese momento, es que algo andaba muy mal en esa familia. El caso es que allí la dejaron. Amarrada a un acantilado a la espera de morir a manos de Cetus. Lo que nadie cuenta es el número de días que se tiró allí sola.

Perseo, que un día pasó volando a lomos de Pegaso (que, casualmente, había nacido de un chorro de sangre que brotó cuando le cortó la cabeza a Medusa; que, recordemos, era hija de Cetus), se enamoró de la joven cautiva. Y, como haría cualquier loco enamorado, antes de liberarla, va a hablar con Cefeo y Casiopea para pedirles la mano de su hija no vaya a ser que se vaya a pelear con un monstruo para nada. Perseo se enamora. Sí, de acuerdo. Pero, si se va a casar con otro, que la salve él… ¡estaría bueno!.

Al final, aunque Andrómeda ya estaba comprometida con su tío Fineo (os dije que algo raro había en esa familia), accedieron a dar la mano de Andrómeda a Perseo si le salvaba de Cetus. Perseo, con las cosas ya claras y ahora ya sí enamorado de verdad de la buena, utilizó la cabeza degollada de Medusa para vencer a Cetus, convirtiéndolo en coral, salvando la vida de Andrómeda. Perseo, una vez la muchacha estuvo a salvo, reclamó a Casiopea y Cefeo que cumplieran con su parte del trato y se organizó un gran banquete de bodas que no tuvo nada que envidiar a la Boda Roja.

Durante la celebración del banquete llegó Fineo y comenzó una batalla entre quienes apoyaban el enlace y los partidarios de Fineo. Perseo mató a muchos, pero, al ver la inferioridad numérica de su bando (no le había dado tiempo a avisar a sus amigotes), no tuvo más remedio que emplear la cabeza de Medusa (sí, estáis pensando lo mismo que yo: debía dormir con la cabeza bajo la almohada) para convertir en piedra a Fineo y a los que lo acompañaban.

Despues de este bonito enlace, Perseo y Andrómeda se fueron a vivir a Argos, donde fueron felices (o todo lo felices que puede llegar a ser alguien que se desposa con otro que ha petrificado a la mitad de tus parientes) y tuvieron siete hijos.

Y así podría haber acabado todo, pero no. Las nereidas, a las que todo esto les debió parecer poco, siguieron erre que erre y Poseidón, para no dejar a Casiopea sin castigo, la situó en los cielos atada a una silla en una posición tal que, al rotar la bóveda celeste, queda cabeza abajo la mitad del tiempo.

Y allí sigue.

Estrellas

Lo bueno del cielo es que está cubierto por completo de estrellas, constelaciones e historias. Puede que, a primera vista, parezca que todas ellas hayan guiado de vuelta a casa a múltiples navegantes antes que a nosotros y es posible que, muchas de ellas, ya hayan sido musas de otros. Lo que es seguro es que siempre hay una estrella sin historia.

Yo, que la inspiración sólo la encuentro en el fondo de un vaso de gin tonic y dado que renuncié a mi vida de lobo de mar cuando me enamoré de Malasaña, me gusta siempre hacer esta pregunta a quienquiera que se encuentre conmigo contando estrellas: Para ti, ¿cuál es la estrella que brilla más?

Porque, como ocurre con las mujeres, siempre hay una que brilla más que ninguna. Una estrella que brilla por y para ti. Sólo hace falta sentarse, observar su despertar y dejar que ella sea quien guíe tus pasos de vuelta a casa.

Esta noche, el cielo de Londres parece iluminado por miles de luciérnagas y, desde el balcón de mi habitación, alcanzo a ver a Casiopea. Y me acuerdo de ella. Lejana pero siempre presente. Iluminando la mirada y marcando el rumbo de este errante expatriado.

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